Llueve torrencialmente en Berlín una tarde de 1958. Un adolescente, Michael Berg vuelve a su casa desde el colegio. Se siente mal y casi se desmaya. Se refugia en un portal. En ese edificio vive una mujer varios años mayor que él. Lo ayuda. Lo lleva hasta su casa. El chico debe hacer reposo. Semanas después cuando se recupera, vuelve a aquel edificio para agradecer a Hanna, la hermosa señorita que lo asistió. Surge casi de inmediato un romance que jamás conocen los padres de él. La vida de ella es un misterio. Lo único que sabe Michael es que trabaja como cobradora en un tranvía. Un día ella desaparece de la vida de Michael.
Años después, en 1966, Michael está terminando sus estudios de Derecho y como parte de un seminario debe asistir con su profesor y compañeros a un juicio a varias mujeres que habían sido guardias de campos de concentración durante el nazismo. Con una mezcla de sentimientos donde luchan la pasión que no desapareció, el estupor y el dolor reconoce a una de las que está en el banquillo de las acusadas. Es Hanna.
El Lector (Sthephen Daldry, 2008) es una de las más originales películas sobre la culpa, el amor y la piedad en el marco de las huellas que dejó el régimen nazi. La interpretación de Kate Winslet y Ralph Fiennes conmueve sin sensiblerías ni golpes bajos.
Hanna es condenada a cadena perpetua. Y como uno de los rituales cuando eran amantes era que él le leyera grandes obras de la literatura, Michael le envía grabaciones que él mismo hace de aquellos textos para que ella los oiga en sus interminables días de prisión. El la llega a visitar en alguna ocasión. El se había casado, divorciado, tenía una hija y Hanna lo seguía llamando chico.
Basada en la novela homónima de Bernard Schlink (Bielefeld, 1944) El lector muestra la conciencia desgarrada de un hombre que no disculpa las aberraciones de la amada (que entre otras cosas se encargaba de la selección de mujeres que iban a ser exterminadas en Auschwitz) ni mucho menos se replantea su rechazo al régimen de Adolf Hitler pero al mismo tiempo, nos lleva por los enigmáticos recovecos del alma cuando nos muestra que pese a esa realidad racional, Michael nunca dejó de amar a Hanna.
El film va más allá e incluso pone el dedo en la llaga de las asignaturas pendientes en Alemania cuando en un debate en la clase de Derecho se discute si una parte importante de la población sabía lo que estaba ocurriendo y no hacía sino mirar a otro lado. En otras palabras, Hanna era el brazo ejecutor de la ignominia. Pero detrás estaba la indiferencia y el silencio de no pocos.
El final es de antología. Hanna muere en prisión y decide donar sus escasos ahorros a una mujer judía cuya madre había pasado por el campo de concentración donde estuvo Hanna. Michael viaja a Nueva York para entregarle el dinero y mantiene un duro pero elegante y educado mano a mano con esa mujer que no perdona. Y Michael sabe que lo que hizo Hanna está más allá del perdón. Pero aún así la sigue amando.
Sthephen Daldry, director de Las Horas (2003), muestra sin estridencias el peso abrumador de un pasado cuyas heridas están lejos de cicatrizar.