Caía la tarde del domingo 17 cuando me enteré del fallecimiento del escritor uruguayo Mario Benedetti. Nacido en setiembre de 1920, su obra en poesía, cuento, novela y ensayo estuvo transitada por el sentimiento de lo cotidiano (el amor, la alegría, la soledad, el paso del tiempo, las angustias personales) y el compromiso político desde una opción socialista.
En mi caso, Benedetti será siempre el autor de La Tregua (1960), que es a mi modo de ver una de las 10 mejores novelas de amor en lengua castellana del siglo pasado.
El martes 19, el día de su sepelio, decidí volver a ver la adaptación al cine que de esta novela realizara en 1974 el director argentino Sergio Renan, que tuvo en sus roles protagónicos a Héctor Alterio y a Ana María Picchio. Como señala el cineasta paraguayo Hugo Gamarra, más del 50% de los films de todos los tiempos está basado en obras de la literatura. Este caso, en particular, es una lograda transposición de la letra impresa al celuloide.
La película, con el único cambio que la historia transcurre en Buenos Aires en los setenta y no en Montevideo de finales de los cincuenta, mantiene la atmósfera gris de Martín Santomé, oficinista viudo desde hace 20 años, con tres hijos, que vive sólo y que está a punto de jubilarse. Tiene casi 50 años. En el último año de su trabajo entra a la empresa una jovencita de unos 20 años, Laura Avellaneda. Ella vive con sus padres.
Ese viudo ya casi sin esperanzas de cambiar su rutina demoledora siente que en forma imprevista la vida retorna. Se enamora. Y vive una tregua de ilusiones que parecen tocar el cielo porque Laura le corresponde. Ella se enferma y muere. La devastación del viudo roza los límites de la caída a un abismo infinito.
La película de Renan fue la primera de origen argentino en ser candidata a un Oscar en el rubro mejor película extranjera. Emociona. Todo el tono de una vida que parecía resurgir con el amor y que se cae de golpe en la desolación de la perdida está en el film…
Años después de la película, Benedetti escribió más de un poema sobre su propia novela. Uno de los más conmovedores es el titulado Última noción de Laura, dedicada a Ana María Picchio. Algunos de sus versos merecen figurar en cualquier antología de los mejores poemas de amor. Por ejemplo:
usted Martín Santomé no sabe
Cuanto he luchado por seguir viviendo
Como he querido vivir para vivirlo
Pero debo ser floja incitadora de vida
Porque me estoy muriendo Santomé.
Más adelante se puede leer una de las mejores definiciones del amor absoluto:
Usted es la respuesta que yo esperaba
a una pregunta que nunca he formulado
El final estremece:
usted de todos modos
no sabe ni imagina
qué sola va a quedar
mi muerte
sin
su
vi
da