Vicky y Cristina llegan a Barcelona a comienzos de un verano. Están de vacaciones. La primera está cursando una maestría precisamente en identidad catalana y se casará con su novio de Nueva York a finales de ese verano. Es formal y cree en el matrimonio. Cristina quiere ser actriz, actuó apenas en un corto de 12 minutos y está dispuesta a todo tipo de aventuras. Ambas son estadounidenses y a pesar de sus distintos enfoques sobre la vida, muy amigas. Interpretadas respectivamente por Rebecca Hall y Scarlettt Johannsson, no se imaginan que el verano será muy distinto al que planearon.
En la primera noche en un restaurante se les acerca un pintor atribulado por un matrimonio fracasado (Javier Bardem) a raíz de que su ex esposa (Penelope Cruz) intentó acuchillarlo. El pintor se acerca a la mesa y con desparpajo pero en tono irresistiblemente sensual se presenta y les ofrece acompañarlas en su visita a España… y además, sin mediar mayores preámbulos, hacer el amor con las dos.
Así es Vicky Cristina Barcelona (2008), el último film del director estadounidense Woody Allen y por el cual Penelope Cruz obtuvo este año un Oscar por la mejor actriz de reparto. Para los seguidores del realizador de Annie Hall o Manhattan será una delicia esta película en la cual un narrador va contando la historia con una banda sonora cuyos ritmos españoles que va marcando las sinuosidades de ese cuarteto.
Está el amor conflictuado entre la transgresión y la tranquilidad al que se enfrenta Vicky al enamorarse de alguien como el personaje de Barden tan distinto de su atildado y formal novio neoyorkino. Pero es Cristina la que vive un romance intenso con el pintor hasta que irrumpe el personaje de Penelope Cruz, mujer desquiciada, con intentos suicidas y homicidas y una relación de amor odio con su ex marido.
Woody Allen había dicho alguna vez que la vida es una tragedia con islotes de comedia. En Vicky Cristina Barcelona predomina en cambio una tonalidad de sin sentido en la cual los personajes se debaten entre unos que quieren aferrarse a reglas que se demuestran apenas un sendero de rutinas, como Rebecca , que sabe al final que su matrimonio no va a pasar de un rosario de aburrimientos, otros que caen sin remedio en una relación enfermiza (el pintor y el personaje de Cruz) y una, Cristina que se topa con la terca realidad de que una relación tumultuosa aunque pasional en medio de las tormentas mentales del pintor la puede llevar al desastre.
Con la acidez que le caracteriza a Allen, muestra que el más adaptado al ambiente es el futuro esposo de Vicky.
Pero es el más tonto y más insulso. Como si el precio a pagar por ser más o menos normal sea una existencia gris y sin matices.